‘SANTA EVITA’

 

La pasión despertada por Eva Perón en Argentina es inimaginable. El marco político-social donde fácilmente pudiera ubicarla la historiografía es ampliamente desbordado. Se halla en los imaginarios sociales bajos los signos del fanatismo o el odio acérrimo; en la cultura vive y en el arte se revitaliza. Su narrativa es muy generosa, prueba de ello: esa mujer (1953) de Rodolfo Wash, El simulacro (1960) de Borges, Santa evita (1995) de Tomás Eloy Martínez, La pasión según Eva de Abel Posse (1996), por mencionar algunas. De ahí que se resalta una tradición literaria que dialoga con el pasado nacional y con esa figura representativa de los desposeídos del sur del continente.

santa evitaTomás Eloy Martínez, uno de los partícipes de este selecto grupo, dedica extensamente su interés en la ‘Jefa espiritual de la nación’. En su obra, publicada a fines del siglo XX, ficcionaliza el periplo del cuerpo embalsamado de Eva Perón, fijando unos andar legendario por su país de origen hasta Europa. En esa ‘procesión’ (si es permitido el termino) la santa fascina, alcanzando dimensiones sobrenaturales. Lo magistral de Eloy Martínez se expone en la utilización de recursos, también ficcionales, tales como entrevistas, fichas, rumores, declaraciones, confesiones de personajes que estuvieron cerca de Evita, antes y después de su muerte. Así como registros periodísticos, fílmicos e iconográficos

En ese orden, sobresale el particular estilo narrativo del autor. En él, se evidencia todo un ejercicio metatextual, donde sobresalen comentarios del narrador-personaje que reconstruye paso a paso la trama narrativa. Este recurso (metatextualidad), además, logra una vinculación con el lector, un acercamiento más neutral de la situación política, social, cultural de la Argentina peronista y post-peronista, y un ‘pulso emotivo’ entre fanáticos y detractores de Eva Perón.

En cuanto a su estructura textual, Santa evita, en sí, guarda linealidades cronológicas en relato que se ven afectadas por situaciones de analepsis generadas por el narrador en el curso de la novela, cuyos fines se emparentan con la reconstrucción de pasajes biográficos de Eva, indispensables para entender su carácter solitario, huérfano, soñador, ambicioso. En un principio se nos presenta la agonía de la protagónica, su muerte, el proceso de embalsamamiento en aras de la inmortalidad, el devenir del cadáver por diversas partes del país a causa del celo militar por guardar su cuerpo y borrar cualquier intento de recuperación, hasta su envío a otro país.

Adjunto a esto, reconocemos las historias vividas por aquellos seres que se vieron afectados por la ‘santa’. Por un lado, las maldiciones que recaían a algunos por profanar su cuerpo, memoria, buen nombre (Los militares y sus allegados, principalmente). De igual manera, las alegrías a seres que se maravillaron con su presencia, sin saberlo, y proclamaron su valiosa existencia (la Pupé de Yolanda). En ese ambiente solemne que despliega el relato, hay cabida a las reflexiones propias del narrador-personaje acerca de la memoria argentina, su intento por develar qué de mítico poseía la mujer más querida por las clases populares, odiada por el otro sector social argentino, indescifrable para el resto.

Adquiere mayor relevancia el “ejercicio investigativo” de Tomás Eloy, quien a lo largo de la novela, nos presenta innumerables pruebas sobre la existencia de una conspiración militar sobre el cadáver de Eva Perón. La articulación de este material periodístico configura un andamiaje narrativo que edifica una propuesta concreta sobre la suerte del cadáver más amado de un país y una sepultura postergada. Ese efecto produce en el lector, sin duda, un efecto paradójico: entre más se amplían los detalles sobre el cuerpo de Eva se explora profundamente la conciencia del yo. Es una inversión de efectos ya que el objeto de deseo (el cadáver y su paradero) se entrelaza con la búsqueda de un sentido crítico a favor de un fenómeno político y social que está arraigado en el argentino.

Es por eso que se convierte en un acierto que Santa evita pretenda sea un producto estético cuya enunciación ficticia de tenor falaz (Chillón:1999) determina una complicidad hacia el lector, en el sentido que algunos pasajes verídicos de la vida de Eva Perón sean llevados al extremo de la inverosimilitud, en una apuesta por una ficcionalidad artística bien lograda. Asimismo, la obra se impone como un ejercicio artístico que busca proyectar un marco de interpretación sobre un momento clave del ser argentino, su pasado, la carga mítica que construye su identidad, puesta en una mujer que se erige como una protectora, vigente en la memoria.

 

REFERENCIAS

Chillón, L. A. (1999). Literatura y periodismo: Una tradición de relaciones promiscuas. Bellaterra: Universitat Autònoma de Barcelona, Servei de Publicacions.

Martínez, T. E. (1995). Santa Evita. New York: Random House

EL DISCURSO Y UN LUGAR PARA EL SUJETO EN THE DANISH GIRL (2015)

Foucault plantea que el conocimiento está ligado a las prácticas de poder. A través de esta correlación es posible operar en un marco de institucionalidad que puede, dadas las condiciones históricas y contextuales, ejercer dominio social. Pero los planteamientos del intelectual francés van más allá, al postular que el discurso es garante para la producción de ese conocimiento en tanto legitima una serie de presupuestos axiológicos aceptados según la época.danish_girl-2

Este parece ser el caso de Einar Wegener. Sus deseos por convertirse en mujer entran en conflicto con los discursos establecidos por la ciencia, los cuales determinan que aquel sujeto padece una enfermedad que debe ser tratada con eficacia. Estos discursos que coexisten en el campo médico – psiquiátrico señalan posibles estados de locura, degeneración, perversión en él (el discurso produce al sujeto, dice Foucault) a tal punto que los dispositivos tecnológicos que están en función de ese discurso obren directamente sobre su integridad, tal como ocurre con el sometimiento a terapias de radiación.

Logra el film presentar cómo durante este proceso azaroso, Einar Wegener se margina progresivamente de la sociedad. Indudablemente los regímenes de verdad establecidos en el contexto europeo en las primeras décadas del siglo XX determinaron la decisión de Einar. La escena que se desarrolla en el parque, cuando él, con ciertos rasgos femeninos, es atacado psicológicamente y físicamente por dos personas, evidencia sin duda alguna la dimensión discursiva y las dinámicas del conocimiento/poder.

Es a través de su personificación en Lili donde logra ciertos momentos de estabilidad social y afectiva. Por medio de aquellas prácticas de condicionamiento femenino logra sentirse libre. Pese al deseo de Einar por huir u ocultarse de su entorno, el sujeto está atado a un discurso. Tal como sugiere Foucault “Este sujeto del discurso no puede estar fuera del discurso, pero debe estar sujeto al discurso. Debe someterse a sus reglas y convenciones, a sus disposiciones de poder/conocimiento” (Hall, 1997, p.37)

En esta perspectiva resulta importante preguntarse ¿Cuál ha sido finalmente el lugar del sujeto (Einar/Lili) en la lógica de esos discursos? Indudablemente se ha dicho con anterioridad que el discurso posicionó a Einar como un enfermo que necesita ser regulado para que viva en sociedad. Sin embargo, la cuestión se torna interesante si notamos que el mismo sujeto es capaz de posicionarse con relación a otros discursos. Einar decide ser mujer y por tanto se somete a una operación para cambio de sexo. Curiosamente logra hallar un médico que posibilita tal empresa.

Si bien en el film, Lili logra su cometido, su muerte representa posiblemente dos lugares del sujeto con relación al discurso: por un lado, el triunfo del conocimiento/poder en su empeño por neutralizar la diferencia, a tal punto que los ‘anormales’ tienden a desaparecer del sistema social; por el otro, el sujeto Einar/Lili simboliza ese desligue con relación al discurso, pues la lucha por la reivindicación de los individuos por decidir libremente acerca de su sexualidad que adelanta Lili Elbe pone en crisis los regímenes de verdad de la época generando con el tiempo nuevas verdades

REFERENCIAS

Hall, S. (1997) El trabajo de la representación En: Representation: cultural representations and signifying practices. Estados Unidos: Sage. (pp. 1-55)

The danish girl (2015). Full Peliculas HD Recuperado de: http://www.fullpeliculashd.com/pelicula/4383/la-chica-danesa-the-danish-girl.html

ABRIL ROJO (2006) LA COMPLEJA EXPLORACIÓN DE LA VIOLENCIA PERUANA

Una interesante apuesta resultó el ejercicio de algunos escritores peruanos por abordar la violencia política que azotó su nación en las décadas finales del siglo XX. Esta posición, evidenciada en algunas obras tales como La hora azul (1995), Abril rojo (2006), Radio ciudad perdida (2007), Un lugar llamado oreja de perro (2009), por mencionar algunos títulos consagrados –merecedores de premios y reconocimientos–, han sido determinantes ya que se instauran como representaciones ficcionales de un proceso convulsionado a nivel social, cultural, y de manera implícita, por hacer parte de la discusión sobre la identidad peruana.

sendero-luminosoSin lugar a dudas, la novela de Santiago Roncagliolo, Abril rojo, merece una mención especial. Se trata de una propuesta literaria que dialoga acertadamente con un proceso histórico en el cual muchos de sus connacionales se sienten plenamente identificados: el impacto del conflicto social y armado entre el Estado peruano y el Partido Comunista Peruano – Sendero Luminoso (ahora PCP-SL) entre los años de 1980 y 2000; es tan notorio lo anterior que vemos como funge como cronotopo de la novela el periodo electoral que buscaba la reelección de Alberto Fujimori, quien fuera el líder del proceso de exterminio de esta guerrilla marxista-leninista- maoísta. Es así como la novela de Roncagliolo junto con las anteriormente mencionadas: “(…) trabajan la tragedia nacional de una comunidad desgarrada en tanto drama de reconocimiento de filiaciones.” (Perilli, 2010, p. 78)

En la configuración de estas tramas narrativas fue determinante la investigación derivada de los esfuerzos de ciertos sectores, entre ellos el periodismo. El nacimiento de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) en el 2001, orientó una labor amplia en auscultar gran cantidad de archivos judiciales con sus respectivos análisis, recoger testimonios de las víctimas, sobrevivientes y actores principales de la confrontación, así como configurar un ‘relato’ que guiara el asunto al que convocaba: la elaboración de una memoria.

En esta dirección, es posible afirmar que abril rojo busca un diálogo con el testimonio institucional. Pero más allá de esto, la novela pretende aportar en la discusión de un tema que sobrepone el cronotopo inicial de la guerra entre el Estado y el PCP-SL: la violencia como eje de la sociedad peruana.

LA VIOLENCIA COMO PROYECTO, LAS MUERTES GENERADORAS DE VIDA EN ‘ABRIL ROJO’

Al participar en un proceso investigativo sobre la muerte macabra de un ciudadano ayacuchano, el fiscal Félix Chacaltana se inmiscuye en una compleja situación, signada por el dramático trasegar de un pasado que palpita aun en las mentes de todos los peruanos: la confrontación armada entre dos fuerzas político-militares que acudieron al terrorismo y a las practicas más despiadadas para obtener la victoria. De hecho, el cuerpo incinerado revive en Chacaltana el horror, miedo, aquella inseguridad que solo es posible cuando la pesadilla no termina.

En este marco, no asistimos como lectores a visitar lo cruento que fue este conflicto, pues la apuesta es dialogar con un ejercicio de ‘desrealización de lo real’ es decir con una materia simbólico-narrativa, que dista mucho de la verdad periodística convencional. Estamos ante un dispositivo literario que evita lo testimonial, el hecho noticioso. Hay un común acuerdo en intentar “(…) comprender los factores de poder, los agentes que participan del juego y las consecuencias posibles de los fenómenos y procesos documentados (González, 2004, p.36)”

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Es así que podemos entender la complejidad que encarna Chacaltana. En un principio, el fiscal representante de la institucionalidad reevalúa progresivamente sus principios éticos e ideológicos, al entrar en contacto con un medio cuyo rasgo principal es la tensión (los encuentros con los militares, las interacciones con los pobladores indígenas en épocas de elecciones, la visita a Durango en la cárcel, su relación con Edith). Curiosamente, esto ocurre en época de Semana Santa (Marzo/abril), y de forma paródica, es al padre Quiroz a quien Chacaltana, confiesa su crisis: “–Tengo miedo. No duermo bien. Esto… todo esto es como si ya lo hubiera visto. Hay algo de todo esto que ya ocurrió, hay algo que habla de mí. ¿Me entiende? No me entiende ¿Verdad? (Roncagliolo, 2006, p.239)”

La novela alinea una serie de relaciones discursivas que intentan explicar el fenómeno de la violencia. Por medio del ejercicio interpretativo pueden hallarse estas claves. Para el autor, tal como ocurre con el periodismo complejo, los criterios de eficacia se direccionan a indagar, dar por sentado un esclarecimiento del asunto. Es así que de forma transversal se presenta una relación de subalternidad hacia el otro-indígena. Félix es contradictorio pues se siente ayacuchano pero su imaginario opera como cualquier limeño. No solo él entra en esa lógica: los militares (Estado) y el cura Quiroz (Iglesia) también se hallan vinculados con esa exclusión, menosprecio y anulación hacia el ‘cholo’ de la sierra: “No conoce a los cholos. ¿No los ha visto pegándose en la fiesta de la fertilidad? Violentos son. (p.46)”, “los indios son tan impenetrables (p.56)”, “Debes tener veinte años tú, pero te haces el mocoso, indocumentado de mierda (p.214)

Este aspecto aparece no solo en Abril rojo, sino en la tradición literaria que apunta al tema de violencia peruana. Existe una tendencia marcada a representar al otro-cholo de manera caricaturesca, salvaje, incomprendido por sus acciones, anulado, silenciado, marcado siempre por su forma de ver el mundo. Roncangliolo y los demás escritores connacionales contemporáneos: “(…) no forman parte del mundo indígena aunque se ven obligados a incursionar en él. No llegan a conocerlo ni a entablar un verdadero diálogo intercultural (Perilli, 2010, p.78)”

Aun así, en la novela se identifica un sustrato mítico incaico bien interesante que intenta poner en cuestión el tema de la violencia, aquella que supera el  marco referencial de la trama. Si atendemos a las consideraciones que posicionan al lenguaje como ‘proyector’ de realidades, es decir, la palabra (para el texto literario) como entidad presta a la creación, podemos ubicar el relato de Inkarri, los sueños de Chacaltana, los textos confesionales de Carrión como elementos propios de una enunciación ficticia de tenor fabulador o mitopoético (Chillón, 1999, p.39) que establecen una relación con los informes judiciales del fiscal, el agente Eléspuru y el relato de misterio, formando puntos en encuentro, una red simbólica capaz de dar cuenta de una propuesta de verdad esencial, esta es, la violencia heredada en la sociedad inca.

La imposición de la religión católica, la herencia española en las tierras de los hijos del sol, la confluencia de imaginarios diversos donde la lógica de anulación está presente pues la ‘civilización’ debe sobreponerse a la ‘barbarie’, se dan cita en una pieza ficcional que se ambienta en la violencia. El telón de fondo, la lucha contra terrorismo, sirve magistralmente para reflexionar sobre las dinámicas sociales y culturales de una región con su propia historia. Es bien particular que el rito cristiano y el festín pagano puedan enlazarse. Es paradójico que en plena semana de pasión la muerte tenga cabida como detentor de vida y perdón.

El lector, en suma, no hallará en las páginas de Abril rojo, la gran crónica de guerra como tampoco el testimonio fiel de los sucesos que empañaron la violencia en la sociedad peruana. No es de Roncagliolo el dar ese tipo de informes. Más bien, toda la lectura del fenómeno está encausado a “la dramatización de acontecimientos y la valoración analítica de los mismos, el énfasis de los giros y tensiones narrativas del relato, la interpretación critica (Gonzalez, 2004, p.38)”. Y es en ese marco donde se inscribe el problema de la memoria. Chacaltana cree, hasta bien avanzado el relato, que el enemigo terrorista va en camino a resurgir, cuando en realidad lo que existe es un complot para borrar todo recuerdo de la violencia. La lucha que se gesta en la novela no es entre Ejército y Sendero Luminoso: la verdadera confrontación es entre el olvido y la memoria.

Es por ello que el desenlace de la novela apunta a hallar la anhelada verdad: la directriz de Carrión y su plan de limpiar el cruento accionar de la fuerza pública en la lucha contra Sendero, pues él era: “el único interesado en borrar su pasado, durante los ochentas (Roncagliolo, 2006, p.312)” ya que “Nadie toca a un militar”; todo este juego al que es sometido Félix está direccionado a generar impunidad. Carrión, motivado por el miedo a ser juzgado actúa, debe hacerlo pues aquel a quien calcina “estaba resucitando viejos fantasmas”. Ya en su delirio, Carrión se autoproclama como la cabeza que hace falta para que el mito sea posible. Y su muerte, cercano al amanecer, promete un nuevo despertar.

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Referencia

Chillón, P. (1999). La toma de consciencia lingüística. En: Literatura y periodismo: una tradición de relaciones promiscuas. Barcelona, España.

Gonzalez, J. (2004). El periodismo moderno y sus mutaciones. La emergencia del periodismo complejo. Programa editorial Universidad del Valle, Cali, Colombia. Disponible en: http://www.academia.edu/784568/Memoria_traum%C3%A1tica_y_esquizofrenia_en_Eterna_memoria_de_Ram%C3%B3n_Hern%C3%A1ndez

Perilli, C. (2010).Todas las sangres. La narrativa peruana de posguerra. En: TELAR Revista del Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos.

Roncagliolo, S. (2006). Abril rojo. Editorial Alfaguara. Madrid, España.

EL ESTADO AUSENTE EN ‘LA VORÁGINE’ DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA: AFINIDADES Y EXCLUSIONES COMPARTIDAS POR LA CRÍTICA

Las múltiples perspectivas analíticas en las cuales ha sido abordada La vorágine (1924) permiten evidenciar la preponderancia de esta obra en los escenarios de la literatura universal. Esa riqueza artística de la novela puede verse en los innumerables estudios existentes, donde se han trazado líneas de investigación tendientes a resaltar elementos constitutivos que den cuenta de la trascendencia del texto literario.

Una de esas variables que a juicio de los críticos, sobresale en esta novela, está ligada a la denuncia directa al Estado colombiano de inicios del siglo XX, por su omisión de los asuntos económicos, políticos, sociales y culturales de la amazonia. Por supuesto que en esta dirección apuntan varias reflexiones formuladas por la academia, las cuales son ampliamente desplegadas y tienen un sustento teórico influyente en la generación de otros estudios, lo que sitúa una interesante cartografía conceptual para la valoración estética e ideológica de la obra.

Sin embargo, dada la profusa cantidad de estudios al respecto sobre la tesis del Estado fallido colombiano, es importante revisar las dimensiones que éstas adquieren en el ejercicio de pensarse en una identidad nacional, puesto que algunas propuestas de análisis invisibilizan algunos marcos de referencia que La vorágine sugiere, por lo cual existiría en la crítica un sesgo a la hora de abordar el tema nacional. Centraré la atención en las iniciativas interpretativas de Ignacio Uzquiza (1900) y un trabajo investigativo reciente de Edwin Carrión (2012), cuyas tesis giran en torno del problema Estado-sociedad evidenciado en la novela y en apariencia con un alto grado de correlación.

LA DENUNCIA SOCIAL, TÓPICO CENTRAL DE ‘LA VORÁGINE’

Sin lugar a dudas, uno de los fines de José Eustasio Rivera en su faceta como intelectual-político era la denuncia social de todos aquellos atropellos vividos en la amazonia colombiana, ligados a la explotación sufrida por caucheros a manos de la casa Arana. Las gestiones que el huilense adelantó a su arribo nuevamente a Bogotá, luego de su periplo por la selva, lo puede constatar:

Las acusaciones de Rivera en la Cámara de Representantes y sus declaraciones periodísticas no daban el fruto apetecido, y muy poco se hacía por el arreglo de estos espinudos problemas: el fracaso de su misión cívica le hará violentar el tono denunciatorio de su novela, que termina en abril de 1924. (Loveluck: 1985. p.18)”descarga

La apuesta de Rivera, en la voz de Arturo Cova, posee un valor representativo en cuestión, ya que subsiste un interés por resaltar la situación vivida en esa ‘otra’ Colombia, el fragmento de nación desconocido hasta entonces, dada la preponderancia que alcanzaba la zona andina y caribe así como la primacía del centro (Bogotá) en el imaginario social, diametralmente opuesto a la periferia del suroriente llanero y amazónico.

Indudablemente, la novela pone en cuestión al Estado, entendido como:“(…) una forma de organización social compuesta por el territorio, la población y un ordenamiento jurídico y político cuyo propósito es consolidar una convivencia relativamente estable, a partir de la heterogeneidad poblacional en dicho territorio (Carrión, 2012, p.28). De esta forma, el andamiaje constitucional no logra instalarse en escenarios sociales donde sus conciudadanos proceden de forma ilegal de la misma manera que los hacen algunos extranjeros (Los Arana, la madona Zoraida Ayram, el Coronel Funes, entre otros)

Bajo la figura de la denuncia social, se vislumbra la propuesta estética e ideológica de la obra. En un campo social y cultural tan complejo por las dinámicas impuestas por la ambición, el ansia de poder, y el insignificante valor que adquiere la vida entre los protagónicos, se desarrolla esta vorágine: “Podría afirmarse que todo el horror, toda la locura violenta, sádica y homicida que testimonia la novela, sólo es posible allí donde el Estado no ha logrado consolidar sus fueros. (Gómez, 2008. p.25)” 

 

Uzquiza: la ficción misma del Estado en Rivera

Es Uzquiza quien problematiza de modo certero al respecto, direccionando su postura al cuestionamiento de un aparato estatal a lo largo del siglo XX. En La ficción misma del Estado: ‘La vorágine’ de José Eustasio Rivera, se suscriben sus criticas certeras, guiados en cuatro momentos discursivos. El primero, está ligado a la figura de José E. Rivera, su compromiso como artista e intelectual, el interés por ahondar sobre temas rurales, en especial la selva colombiana de la que la sociedad local tenía conocimiento nulo. Además, resalta Uzquiza, el intento estético que Rivera desarrolló al abordar estos temas bajo una esencia poética en la escritura, propia de los escenarios urbanos.

Posteriormente, el autor dedica un segmento amplio para abordar La vorágine. Sintetiza las tres partes que componen la novela, no sin antes exaltar los recursos paratextuales (fragmento de la carta de Arturo Cova, misiva de Rivera al señor ministro, epilogo y vocabulario) que hacen de la narración, un juego magistral entre realidad/ficción y por consiguiente, una autentica experiencia literaria que está ligada a un hecho histórico constatable. De igual manera, sobresale el interés del autor por dedicar unos apartes especiales a ‘La Mapiripana’ y ‘Clemente Silva y la explotación cauchera de las selvas. Historia y ficción’.  Para Uzquiza, la leyenda de la Mapiripana incluida en la novela, es: “una versión nativa de la historia de colonización de las selvas vírgenes (Uzquiza, 1990. p.385)” por tanto adquiere total relevancia desde un matiz simbólico y representa a todos aquellos que en la novela pretenden dominar el espacio geográfico del suroriente nacional. A su vez, el relato de Clemente Silva posee un mérito excepcional en tanto: “(…) es un relato de concienciación y denuncia de una situación social y económica que, en lo fundamental, responde a la realidad. (Uzquiza, Ibíd.)”

El tercer momento, presenta diversas valoraciones que han surgido sobre ‘La vorágine’, algunas de ellas bastante reprobables, como las sugeridas por Luis Trigueros (1926), quien desvaloriza la obra de Rivera por sus diversas historias inconexas, transgresoras de un orden narrativo convencional, ilógica, según él, desde todo punto de vista; Torres Rioseco (1936) reprende el hecho de que la novela no presente un final y promueva un caos al lector; Carlos Fuentes (1969) y su consabida critica, centrada en el rechazo al realismo narrativo de la obra del colombiano. Por su parte, otras apreciaciones fueron más generosas, entre esas están las de Peña Gutiérrez y Horacio Quiroga a quienes sorprendió la experimentación narrativa de la obra y su intención de denuncia a los atropellos que vivió la nación.

Al final, Uzquiza recurre al ejercicio valorativo de ‘La vorágine’. Su apreciación se centra en la confluencia de diversos matices lingüísticos que sobresalen en la narración, asimismo, la suficiente gama de perspectivas presentes allí gracias a la acción del lenguaje: modernista, épico, melodramático, testimonial, psicológico, oral y coloquial.  De igual manera, menciona la importancia de la novela en el terreno de las discusiones sobre civilización/barbarie, oralidad/escritura, campo/ciudad; aunado a estas consideraciones, el autor (Uzquiza) refiere la omisión estatal colombiana en la explotación ilegal que hace la Casa Arana en tierras nacionales, ponderando de esta forma, un aspecto político en la novela de Rivera, al tiempo que se sume en una reflexión sobre la problemática de la Violencia vivida en el país durante el siglo XX.

 

La ineficacia estatal percibida en la obra riveriana: Carrión

Sobre la Violencia, Carrión (2012) en su tesis La Vorágine de José Eustasio Rivera: expresión de la ineficacia estatal y sus efectos en la sociedad colombiana problematiza al respecto. De ella, plantea que en una sociedad fragmentada, aislada en absoluto, marginalizada, es potencialmente aceptado los episodios de desaparición, actos agresores hacia el otro, y la eliminación sistemática de las prácticas simbólicas de los pobladores locales: 

“El sistema de personajes desarrollado en La Vorágine manifiesta a una nación deficiente en cuanto a sus formas de cuidar y proteger su espacio territorial, lo que deviene en una disyuntiva comunicativa entre sus pobladores puesto que sus apreciaciones sobre el otro ya están determinadas.” (Carrión, 2012, p.87)

descarga (1)En un sistema de valores muy cercanos a los practicados por las empresas capitalistas puede inscribirse la trama de la obra riveriana. No existe un Estado que regule la explotación de recursos –la cauchería– y que permita el acercamiento responsable a estos;  tal como lo señala Carrión, tales insuficiencias del Estado se suman a las ausencias crónicas en lo jurídico, educativo y el sistema de salud.

La carencia del accionar jurídico está ampliamente visibilizada tanto en los modos de hacer ‘justicia”, impuestos entre los personajes de la obra –a quienes la venganza parece ser la única opción– como en los ejercicios de violación de la soberanía de agentes extranjeros en la amazonia, en el terreno de los recursos naturales, evidenciados en la instauración de actividades comerciales sin control por parte de la Casa Arana, y de las prácticas humillantes que ejecutaban los foráneos a los caucheros colombianos:

“Lo que más me dolió de cuanto contaba fueron las inauditas humillaciones a que dio en someterlo un capataz a quien llamaban “el argentino” por decirse oriundo de aquel país. Este hombre, odioso, intrigante y adulador, les impuso a los siringueros el tormento del hambre” (Rivera, 1985, p.170)”

Los ítems correspondientes a lo educativo y a la salud, a juicio de Carrión, son los sustratos representativos que en ‘la vorágine’ ejemplifican la inoperancia estatal colombiana. No existe una figura que brinde la oportunidad a los pobladores de obtener cobertura a estos servicios, garantes de bienestar en una sociedad. La mayoría de los personajes, sobre todo los oriundos de la zona, son analfabetas: “–Háganme bien y me prestan un lápiz para una firmita. –No cargamos eso” (Rivera, 1985, p.86)

De igual manera, las pocas actividades curativas o asistenciales están ligadas a la tradición de los moradores locales, con base al conocimiento empírico: “―Miguel, con calentura. No se quié hacé el remedio: son cinco hojitas de borraja, pero arrancás de pa arriba, porque de pa abajo, proúcen vómito. Ahí le tengo el cocimiento, pero no lo traga(Rivera, 1985, p.109)

 

Conclusiones

Son muy sólidas las coincidencias entre Uzquiza y Carrión sobre la tesis del fallido Estado colombiano presente en el contexto de La vorágine de José Eustasio Rivera. Se ha demostrado la relación entre la inoperancia estatal y los estallidos de violencia sufridos entre los pobladores de la amazonia. Sin embargo, llama la atención que ambos críticos literarios obvian la figura del indígena en la obra, o al menos, las referencias hacia ellos es nimia, aun cuando en la novela existen alusiones al respecto.

 Como se dijo con anterioridad, Uzquiza menciona la leyenda de la india Mapiripana en su análisis, pero no logra condensar en él una lectura avanzada, no intenta explorar un sentido más amplio que emite el relato de Arturo Cova, pues se concentra apenas en identificar un discreto significado. Asimismo, Carrión evita el tema indígena en el análisis exhaustivo sobre la obra. Pareciera que la obra de Rivera jamás mencionara el tema. Es bastante particular que ambos críticos obvien este aspecto en sus respectivos acercamientos interpretativos.

Ante esto ¿Cómo puede la crítica literaria, formular una lectura sobre el Estado colombiano en su carácter inoperante, cuando en dicho ejercicio se omiten a los sujetos locales, las comunidades nativas del sur del país, doblemente excluidas por la nación? ¿Acaso las comunidades indígenas que representa Rivera en La vorágine no tienen la importancia de ser abordados también por la crítica? ¿De qué forma se pretende participar en un debate sobre el problema de la identidad nacional cuando desde el escenario académico se anulan las otras voces? Lo anterior pretende situar elementos constitutivos que pueden rastrearse cada vez que el lector decida revisitar La vorágine.

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REFERENCIAS 

Carrión, E. (2012). La Vorágine de José Eustasio Rivera: expresión de la ineficacia estatal y sus efectos en la sociedad colombiana. Universidad Javeriana. Bogotá, Colombia.

Gómez, F. (2008). Interculturalidad y Violencia étnica en la Literatura Colombiana siglo XX. Universidad Michel de Montaigne. Bordeaux, Francia.

Loveluck, J (1985). El hombre y sus días En: Prólogo La vorágine. Recuperado en: http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&tt_products=4

Rivera, J. (1924). La vorágine. Edición digital. Recuperado de: http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&tt_products=4

Uzquiza, I. (1990). La ficción misma del Estado: ‘La vorágine’ de José Eustasio Rivera. En: Anuario de estudios filológicos, ISSN 0210-8178, Vol. 13, págs. 379-396

 

 

SOBRE UNA LECTURA CRÍTICA DE ‘LA VORÁGINE’

Ladescarga ficción misma del Estado en La vorágine, texto critico publicado por Uzquiza, pretende situar la novela de Rivera como una obra representativa de la literatura nacional, en tanto configura una denuncia social y política de las prácticas esclavistas efectuadas en la selva colombiana en las primeras décadas del siglo XX; de esta manera se pone en consideración el papel del Estado colombiano en ese episodio histórico, al tiempo que sugiere una reflexión sobre el papel del mismo en la violencia actual.

 

El origen del texto está vinculado a una reflexión propuesta por Uzquiza sobre unas declaraciones de Rafael Maya contemporáneas a los funerales de José E. Rivera. En ellas, el poeta bogotano planteaba la relevancia de La vorágine frente a la ficción de Estado nacional, pues en la novela del huilense existían más elementos de la soberanía colombiana que el aparato constitucional imperante. Una revisión biográfica sobre Rivera, permite constatar su labor comprometida sobre los temas políticos del país, erigiéndose como un intelectual en contra de la explotación de recursos naturales y la amenaza que eso conllevaba al espacio ecológico por cuenta de las transnacionales. ­­

En La ficción misma del Estado: ‘La vorágine’ de José Eustasio Rivera, se hallan definidos cuatro momentos discursivos. El primero, está ligado a la figura de José E. Rivera, su compromiso como artista e intelectual, el interés por ahondar sobre temas rurales, en especial la selva colombiana de la que la sociedad colombiana tenía conocimiento nulo. Además, resalta Uzquiza, el intento estético que Rivera desarrolló al abordar estos temas bajo una esencia poética en la escritura, propia de los escenarios urbanos.

Posteriormente, el autor dedica un segmento amplio para abordar La vorágine. Sintetiza las tres partes que componen la novela, no sin antes exaltar los recursos paratextuales (fragmento de la carta de Arturo Cova, misiva de Rivera al señor ministro, epilogo y vocabulario) que hacen de la narración, un juego magistral entre realidad/ficción y por consiguiente, una autentica experiencia literaria que está ligada a un hecho histórico constatable.

En el ejercicio de reseñar cada parte de la obra, sobresale el interés del autor por dedicar unos apartes especiales a ‘La Mapiripana’ y ‘Clemente Silva y la explotación cauchera de las selvas. Historia y ficción’.  Para Uzquiza, la leyenda de la Mapiripana incluida en la novela, es: “una versión nativa de la historia de colonización de las selvas vírgenes (p.385)” por tanto adquiere total relevancia desde un matiz simbólico y representa a todos aquellos que en la novela pretenden dominar el espacio geográfico del suroriente nacional. A su vez, el relato de Clemente Silva posee un mérito excepcional en tanto: “(…) es un relato de concienciación y denuncia de una situación social y económica que, en lo fundamental, responde a la realidad. (Ibíd.)”

El tercer momento, presenta diversas valoraciones que han surgido sobre ‘La vorágine’, algunas de ellas bastante reprobables, como las sugeridas por Luis Trigueros (1926), quien desvaloriza la obra de Rivera por sus diversas historias inconexas, transgresoras de un orden narrativo convencional, ilógica, según él, desde todo punto de vista; Torres Rioseco (1936) reprende el hecho de que la novela no presente un final y promueva un caos al lector; Carlos Fuentes (1969) y su consabida critica, centrada en el rechazo al realismo narrativo de la obra del colombiano. Por su parte, otras apreciaciones fueron más generosas, entre esas están las de Peña Gutiérrez y Horacio Quiroga a quienes sorprendió la experimentación narrativa de la obra y su intención de denuncia a los atropellos que vivió la nación.

Al final, Uzquiza recurre al ejercicio valorativo de ‘La vorágine’. Su apreciación se centra en la confluencia de diversos matices lingüísticos que sobresalen en la narración, asimismo, la suficiente gama de perspectivas presentes allí gracias a la acción del lenguaje: modernista, épico, melodramático, testimonial, psicológico, oral y coloquial.  De igual manera, menciona la importancia de la novela en el terreno de las discusiones sobre civilización/barbarie, oralidad/escritura, campo/ciudad; aunado a estas consideraciones, el autor (Uzquiza) refiere la omisión estatal colombiana en la explotación ilegal que hace la Casa Arana en tierras nacionales, ponderando de esta forma, un aspecto político en la novela de Rivera, al tiempo que se sume en una reflexión sobre la problemática de la Violencia vivida en el país durante el siglo XX.

Con base a las anteriores consideraciones, es pertinente decir que el texto de Uzquiza presenta unos desaciertos considerables. El inexistente tratamiento de la tesis sugerida en principio: la ficción de Estado en la obra de Rivera, impide que pueda realizarse un ejercicio dialógico con el autor y la interpretación de la novela. Tal parece que la tesis central que guiaría el ensayo se diluye de entrada. Apenas hay una mención pírrica al final del texto, cuando habla escuetamente la influencia nefasta del Estado colombiano con relación a la explotación del caucho ilegal y la esclavitud.

Ahora bien, existe un mérito por parte de Uzquiza en reseñar brevemente cada parte del libro (apartado al cual le dedica la mayor parte del articulo). Esto, sin duda permite ubicar al lector en la novela. Sin embargo, este esfuerzo académico pierde importancia sino tiene una hipótesis concreta de interpretación que complejice el objeto de estudio y direccione una nueva forma de ‘entender’ la novela. No hay aportes al lector para aproximarse a una comprensión del texto narrativo.

Este desajuste en la propuesta de Uzquiza se percibe con facilidad en la falta de cohesión entre los cuatro momentos de su artículo. Es probable que entre introducción y reseña de la partes de la novela exista cierto vínculo, más entre las dos últimas partes (la recepción de la obra y valoraciones del autor) este intento se desdibuja, generando una falta de unidad de sentido en el texto. La intención de Uzquiza de posicionar la discusión en torno a una posible representación de Estado ficcional en la obra de Rivera, no se lleva a cabo.

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Texto reseñado: Uzquiza, J (1990). La ficción misma del Estado: ‘La vorágine’ de José Eustasio Rivera. En: Anuario de estudios filológicos, ISSN 0210-8178, Vol. 13, págs. 379-396

ANTE ‘LA TIERRA Y LA SOMBRA’

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Se puede estar ante la presencia de una de las mejores películas colombianas de esta década. Tal afirmación se sostiene gracias a que el film ‘La tierra y la sombra‘, incorpora ciertos elementos interesantes en el manejo de la trama. Es por ello, que para la critica especializada no ha pasado desapercibida, y por tanto, ha sido merecedora de premios importantes como Cannes .

En el film de César Acevedo, el protagónico es el campesino dibujado magistralmente en los perfiles de los actuantes. No es uno, son muchos (incluidas las mujeres que se presentan como forjadoras de la historia). El lado femenino no está de segundo plano, por el contrario, adquiere una relevancia destacable: posicionan su voz con una radicalidad vehemente, sostienen el hogar hasta donde el sistema se lo permite, muestran un flanco incondicional  ante una situación trágica.

Los diferentes planos donde aparecen los cortadores de caña y sus precarias situaciones laborales develan las condiciones de muchos trabajadores colombianos del suroccidente colombiano. También evidencian la saturación de las plantaciones en la vida de ellos, un escenario asfixiante (no solo para el joven enfermo por inhalación de las cenizas producidas por la quema) que impacta, logrando una atención mayor a los conflictos de los personajes, los cuales se debaten en la permanencia/exilio de su tierra. Alfonso es fiel exponente de esa confluencia: volver después de muchos años para ver morir a su hijo y emprender un viaje nuevamente con los pocos que deciden salir.

Coincido con algunas voces que han expresado sus impresiones en el film, en torno al manejo que la propuesta cinematográfica aborda la situación de conflicto social del país. Es un tratamiento reelaborado que impide acercarlo a un film panfletario, y por ende, generar una anulación errónea. En un país donde la inversión cultural llega a ser precaria, este esfuerzo artístico adquiere grandes dimensiones éticas, sociales y políticas, validas a tener en cuenta en momentos que se habla de una posible concreción de la paz.

Merece, por tanto, una atención especial ‘La tierra y la sombra’. Es, en una bella titulación, la historia agraria de un país. Sintoniza en las aciagas vidas de sus protagonistas, una realidad.

AMÉRICA LATINA: UNA LUPA, FUNCIONALIDADES CONTRARIAS

La idea de re-interpretar América Latina, ha suscitado una amplia gama de producciones intelectuales profundas, materializadas en ensayos insignes los cuales han posibilitado entender mejor nuestra realidad, al tiempo que genera ciertos interrogantes garantes de futuros análisis críticos. En el ejercicio mismo de exploración, se hallan algunas reflexiones, generadoras de otras que van ligando armónicamente un amplio pensamiento sobre la región. Es así el caso de los ensayos Caliban (1971) de Roberto Fernández Retamar y El insomnio de Bolívar (2009) de Jorge Volpi. Este dúo ensayístico se convierte en la referencia central que sustente un nuevo ejercicio de análisis.

UNA LUPA, FUNCIONALIDADES CONTRARIAS.

Latinoamérica bien puede ser considerada un mapa. Una representación propicia del lenguaje no verbal. A través de ella, está nuestra historia, los avatares sociales, políticos, económicos que han guiado el devenir de variados seres; las formas de ver y concebir nuestras realidades a partir de la cultura legada. En fin, es tan grande el panorama que tenemos ante nuestros ojos que precisaría un dispositivo por medio del cual se lograran determinar las ubicaciones que necesitamos, la posición exacta que como latinoamericanos deseamos tener para sentirnos representados ante el Otro, el hallazgo de un rastro de identidad. Es ahí donde vemos la necesidad de una lupa. Quizá porque nuestros ojos, no tienen el alcance indicado o porque los diversos elementos simbólicos que existen en ese mapa se sobreponen, algunos cargados referencias culturales, políticas, sociales, entre otras. Posamos lentamente el amplio lente sobre el papel. Empieza la búsqueda.

Caliban y Bolívar

Este pasaje en el ensayo de Fernández R. sintetiza la metáfora shakespeariana de Latinoamérica:

“Asumir nuestra condición de Caliban implica repensar nuestra historia desde el otro lado, desde el otro protagonista (…) No hay verdadera polaridad Ariel – Caliban: ambos son siervos en manos de Próspero, el hechicero extranjero. Sólo que Caliban es el rudo e inconquistable dueño de la isla, mientras Ariel, criatura aérea, aunque hijo también de la isla, es en ella, como vieron Ponce y Cesaire, el intelectual”. (Fernández, 1.971, p.52)

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Si revisamos bien, podría afirmarse que en el apartado anterior se conjuga una directriz político – cultural que recoge el anhelo de muchos pensadores y héroes en la historia continental. Esa voz integradora, bien podría tratarse de una incitación a creer en un mejor mundo posible, solo si revisáramos detenidamente nuestra América mestiza (Martí), el reconocimiento de nuestras expresiones culturales, así como las grandes luchas libradas por hombres (extrañamente no menciona Fernández R el aporte femenino) en todos los frentes.

Y no solo eso: es indispensable que Caliban rechace al invasor, legitime su ser – estar en el mundo de forma autónoma e independiente. De ahí que, uno de los fines sea: “una integración futura de nuestra América que se asiente en sus verdaderas raíces y alcance, por si misma, orgánicamente, las cimas de la auténtica modernidad”(Fernández, 1.971, p.57) Originario de Martí, este ideario lanza a la escena política y cultural un gran desafío en todo el continente; eso lo entiende Fernández R. quien con agudeza explora la escena artística del momento, ejerciendo ciertas críticas a aquellos intelectuales que poseían búsquedas diferentes al plan integrador. Dentro de estas figuras cabe recordar a Sarmiento, Borges, Fuentes, como los más representativos.

Queda claro que a la luz de Caliban, la lupa ejerce la función de búsqueda y que, el sentido de orientación necesario para dialogar en torno a la identidad regional, era cuestión de revisar atentamente nuestra cartografía cultural. La invitación que Fernández R. hacía en ese sentido, exigía una mayor convicción por parte de las esferas políticas, académicas, y culturales, al tiempo que era preciso un cambio de sistema económico que afianzara el proceso.

Casi medio siglo después, entre la década de los setentas del anterior milenio y la primera década del nuevo, todas esas ilusiones de una Latinoamérica unida se extraviaron. Por ningún lugar, señala Volpi en El insomnio de Bolívar, se pudo detectar la consecución de una democracia real, la quimera de millones de seres en el continente luego de las sombras de las dictaduras; el desencanto por la política, gracias a sus prácticas corruptas y mezquinas contribuyó en gran medida y los emporios políticos atropellaron la buen fe de las sociedades.

La crisis adviene, y solo cuando se acerca la conmemoración del Bicentenario de independencia, se piensa que el sueño del Libertador nuevamente ha sido truncado. Junto al desastre político e ideológico de las naciones latinoamericanas, sobrevienen las nuevas formas de expresar las realidades y en ellas, no hay asomo de retomar las tesis calibanescas que pedían una reivindicación de principios míticos y fundantes del continente, esa realidad imaginaria que nos distinguía de occidente. Todo cambia, el sensorium difiere y las nuevas búsquedas se trasladan a otras direcciones.

Los intercambios culturales y la idea de una intelectualidad comprometida con la región, alentadores de discusiones en torno a la identidad latinoamericana, se borraron del mapa (permítase la expresión coloquial), es probable que en los epílogos del Boom o años después de la caída del muro de Berlín: “A diferencia de sus predecesores, ninguno de ellos se muestra obsesionado por la identidad latinoamericana” (Volpi, 2.009. p.168).. Lo cierto es que, tal como lo sentencia el mexicano: “nada de lo que distinguió a América Latina en el siglo xx sigue en pie” (Volpi, 2009, p.85)

Si, el continente perdió su magia. Esa es la interpretación que Volpi realiza luego de deambular por diversos escenarios nacionales y hallar con sorpresa y desencanto que el aura fantástica desapareció. Hace alusiones al fin de dictadores / guerrilleros (Bolívar ha sido considerado como el primer insurgente en nuestra historia), el desuso del realismo mágico©, la tragicomedia de las democracias locales y hasta el desinterés de EE.UU por su “patio trasero”.

Es así como nuestra lupa, fijó un punto indeterminado en el mapa Latinoamérica, y se detuvo. Sin hallar una coordenada precisa, todo esfuerzo resultaba trivial. No habría avance, está demostrado que el panorama era desolador. Es muy probable que la lupa, tras un contacto excesivo con la luz, genere la incineración del mapa. Esa llama voraz consumirá a Latinoamérica y el resultado, pasado unos minutos serán apenas un montón de cenizas. Imaginarse como el agónico papel sucumbe ante el fuego, es también pensar en la congoja de Bolívar en sus últimas noches.

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Interrogantes

¿Cómo en un periodo de tiempo relativamente corto, la convulsionada Latinoamérica pierde su “norte”, trazado con las nuevas promesas y el impulso de una creciente ola de compromiso social, político y cultural generadas por la Revolución cubana, y se halle a la deriva, con sus proyectos inconclusos? ¿Qué pudo haber influido para que esta debacle fuera toda una realidad? ¿En qué fallaron pues los intelectuales o artistas? Más allá de querer ser categóricos en las respuestas, el objetivo es realizar aproximaciones que conlleven mínimamente a explicaciones sobre la problemática.

Una posible clave para entender la situación, estaría en El insomnio de Bolívar:

“He aquí otro de los anhelos compartidos en un momento u otro por todas las naciones de América Latina: la necesidad de ser reconocidas como parte de la civilización occidental, la obligación de sus gobernantes de anunciar el súbito ingreso en el club de lo moderno, la desesperanza de los ciudadanos al comprobar la falsedad de tantas buenas intenciones” (Volpi, 2009, p.39)

Posiblemente estemos frente a una crisis manifiesta que se vincula constantemente en nuestra historia: el anhelar igualarnos a Occidente por medio del ideal moderno, aquella quimera extranjera en la cual siempre hemos querido pertenecer. Está por sentado que las tesis de Fernández R, si bien alertaron al respecto, iban en esa dirección, o si no ¿En qué pensó Martí cuando incitaba a toda Latinoamérica a consolidar una unión continental que nos llevara a una “auténtica Modernidad”? La Modernidad ¿ese mismo proyecto dominante de Europa que ha anulado al Otro en su máxima expresión, como en 1492 y que negó toda manifestación cultural ancestral, mítica, de los orígenes de esta parte del mundo?

Al anhelar un posicionamiento parejo con Europa, Latinoamérica queda desdibujada. No hay verdaderamente un sustento que acompañe la marcha real de nuestro devenir, tal vez sea por la imposibilidad de construirlo autónomamente. Aún se evidencia la dependencia cómoda de nuestros sistemas a los ordenados por las potencias, aquellas que no nos aceptan porque desean “(…) mantenernos como receptáculos de sus frustraciones y deseos. De sus fantasías” (Volpi, 2009, p.69).

En un escenario como actual, los estudios sobre las culturas locales, originarias de América Latina podrían aportar a descubrimiento de nuestras claves en materia de identidad. No puede ser un tema demagógico en algunas expresiones organizativas política e ideológicamente así como las cercanas al ámbito académico. Es un imperativo que la lupa no se detenga.

BIBLIOGRAFIA

Fernández Retamar, R. (2.005). Todo Caliban. Bogotá, Colombia: Antropos.

Volpi, J. (2009). El insomnio de Bolívar. Bogotá, Colombia: Nomo impresores.